Nana
Nana La obertura había empezado y aún continuaba entrando gente. Los retrasados obligaban a filas enteras de espectadores a levantarse, las puertas de los palcos se cerraban dando un golpe y de los pasillos llegaban voces destempladas. El rumor de las conversaciones no cesaba, al igual que el piar de una bandada de gorriones cuando se pone el sol. Todo era confusión y cabezas y brazos que se agitaban; unos se sentaban y trataban de acomodarse y otros se empeñaban en permanecer de pie para echar una última ojeada. Los gritos de ¡sentarse, sentarse! surgieron violentamente del patio de butacas y un estremecimiento sacudía a los espectadores: por fin iban a conocer a aquella famosa Nana, de la cual se ocupaba todo París desde hacía ocho días.
Poco a poco, sin embargo, las conversaciones se fueron apagando, aunque con algunas voces destempladas. Y en medio de aquel murmullo desmayado, de aquellos suspiros moribundos, la orquesta se destacaba con la viveza de sus notas en un vals cuyo ritmo picaresco tenía la risa de una indecencia. El público, halagado, empezaba a sonreír, y la claque, en las primeras filas, aplaudió furiosamente. El telón se levantaba.
—Mira —dijo Héctor de la Faloise, que no paraba de hablar—, hay un señor con Lucy.