Nana
Nana Georges, que pasaba por una puertecita de la que tenía la llave, subió tranquilamente al dormitorio de Nana, deslizándose a lo largo de las paredes. Sólo que tuvo que esperar hasta más de medianoche. Cuando ella apareció estaba muy bebida y más maternal que de costumbre, pues cuando bebía se ponía tan tierna que era insoportable. Y se le antojó que la acompañase a la abadía de Chamont. Él se resistía por miedo a que le viesen en el carruaje con ella, lo que traería un formidable escándalo. Pero Nana se deshizo en lágrimas, presa de una desesperación ruidosa de mujer sacrificada, y el joven la consoló, prometiéndole formalmente que sería de la partida.
—Entonces, ¿me amas mucho? —tartamudeó ella—. Repite que me amas mucho. Dilo, mi lobo querido. Si yo muriese, ¿te causaría mucha pena?