Nana
Nana —Es una lástima que os vayáis pasado mañana —dijo Nana—. De todas maneras, trataremos de organizar algo.
Y se decidió que irÃan al dÃa siguiente, domingo, a visitar las ruinas de la antigua abadÃa de Chamont, que estaba a siete kilómetros. Cinco coches llegarÃan de Orleáns para recogerlos después del almuerzo y los devolverÃan a la Mignotte a la hora de cenar, a las siete. SerÃa encantador.
Aquella noche, como de costumbre, el conde Muffat subió el ribazo para llamar a la verja. Pero le asombraron el resplandor de las ventanas y las carcajadas. Lo comprendió todo al reconocer la voz de Mignon, y se alejó rabioso contra aquel nuevo obstáculo, dispuesto a cualquier violencia.