Nana
Nana Como no eran más que las cuatro, se habló de dar un paseo.
—Vosotros no sabréis —dijo Nana— pero cuando llegasteis me iba a recoger patatas.
Entonces todos quisieron ir a recoger patatas y sin cambiarse de ropa. Fue una excursión. El jardinero y los dos ayudantes estaban ya en el campo, al final de la propiedad. Las mujeres se pusieron de rodillas, escarbando la tierra sin quitarse las sortijas y chillando cada vez que encontraban una patata grande. Les parecÃa tan divertido aquello… Tatán Néné triunfó, pues de moza habÃa ido muchas veces a los patatares, y en vez de explicarles a las demás cómo debÃan recogerlas, les decÃa que eran muy burras. Los señores se lo tomaban con más calma. Mignon, con su aspecto de buena persona, aprovechaba aquella estancia en el campo para completar la educación de sus hijos, y les hablaba de Parmentier, el introductor de la patata en Europa.
La cena fue de loca alegrÃa. Devoraban. Nana, muy animada, se deshizo en elogios de su mayordomo, quien habÃa servido al obispo de Orleáns. Durante el café las señoras fumaron. Un ruido de regocijo extremado se escapaba por las ventanas, para morir en la lejanÃa, en la serenidad de la noche, mientras que los campesinos, rezagados entre los setos, volvÃan la cabeza y miraban a la casa resplandeciente.