Nana
Nana Nana creyó que aquello había acabado cuando Héctor de la Faloise saltó al estribo para recibir en sus brazos temblorosos a Gagá y a su hija Amélie. En total eran once personas. La instalación de todas fue laboriosa. En la Mignotte sólo había cinco habitaciones para invitados, una de las cuales ya estaba ocupada por la señora Lerat y Louiset. Se dio la mayor a la pareja Gagá y Héctor, diciendo que Amélie dormiría en un catre en el tocador contiguo. Mignon y sus dos hijos obtuvieron la tercera alcoba y Labordette la cuarta. Quedaba una pieza que transformaron en dormitorio con cuatro camas para Lucy, Caroline, Tatán y María. En cuanto a Steiner, dormiría en el diván del salón. Al cabo de una hora, cuando todo el mundo estuvo instalado, Nana, en un principio furiosa, estaba encantada en su papel de castellana.
Aquellas mujeres la felicitaron por la Mignotte. «¡Una propiedad soberbia, querida mía!» Luego le soltaron una bocanada de aire de París, los chismorreos de la última semana, hablando todas a la vez, con sus risas, exclamaciones y golpecitos. A propósito, y Bordenave, ¿qué había dicho de su fuga? Pues no mucho. Después de haber despotricado, diciendo que la haría prender por los gendarmes, la sustituyó aquella misma noche; incluso la doble, la pequeña Violaine, obtenía un bonito éxito con La Venus Rubia. La noticia no le hizo gracia a Nana.