Nana

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Esta bonita vida duró más de una semana. El conde Muffat acudía todas las tardes, y se volvía con la cara hinchada y las manos temblorosas. Una tarde ni siquiera fue recibido; Steiner, que debía marcharse a París, le dijo que la señora estaba enferma. Nana se sublevaba cada día más ante la idea de engañar a Georges. ¡Un muchacho tan inocente y que creía en ella! Se consideraría como la última de las últimas. Aquello le hubiera quitado hasta el apetito. Zoé, que muda y desdeñosa asistía a la aventura, pensaba que su señora se volvía tonta.

Al sexto día una bandada de visitantes cayó de improviso en medio de aquel idilio. Nana había invitado a muchos amigos, creyendo que no acudirían. Así pues, una tarde se quedó estupefacta y muy contrariada al ver a un ómnibus detenerse ante la verja de la Mignotte.

—¡Somos nosotros! —gritó Mignon, que fue el primero en saltar del carruaje, sacando a sus hijos, Henri y Charles.

Labordette apareció a continuación dando la mano a un desfile interminable de mujeres: Lucy Stewart, Caroline Héquet, Tatán Néné, María Blond.


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