Nana
Nana Pero lo que acabó por deshacer el corazón de Nana fue la llegada de Louiset. Su crisis de maternidad tuvo la violencia de un ataque de locura. Se llevaba a su hijo al sol para verle patalear se echaba con él en la hierba, después de haberlo vestido como un pequeño príncipe. En seguida quería que durmiese cerca de ella, en la habitación contigua, donde la señora Lerat, muy impresionada por la campiña, roncaba desde que se acostaba. Y Louiset no incomodaba lo más mínimo a Zizí, sino al contrario. Ella decía tener dos niños, y los confundía en el mismo capricho de ternura. Por la noche, más de diez veces abandonaba a Zizí para ver si el pequeño respiraba bien, pero cuando regresaba volvía a envolver a Zizí con el resto de sus caricias maternales, y hacía de mamá; él, mientras, vicioso, feliz por hacerse el niño en brazos de aquella muchacha mayor, se dejaba acunar como un bebé. Tan hermoso era aquello, que Nana, encantada con semejante existencia, le propuso seriamente no abandonar nunca más la campiña. Despedirían a todo el mundo, vivirían solos; él, ella y Louiset. Y así concibieron infinidad de proyectos hasta el amanecer, sin oír a la señora Lerat, que roncaba de firme, cansada por haber cogido flores silvestres.