Nana
Nana Toda la sala le miró. Era el querubín, el colegial escapado, con sus bonitos ojos encandilados y su rostro encendido al ver a Nana. Cuando vio que todo el mundo se volvía hacia él, se avergonzó, por haber hablado en voz alta y sin querer. Daguenet, su vecino, lo examinaba con una sonrisa; el público reía, como desanimado y sin pensar ya en silbar, y entre tanto los jóvenes de guantes blancos, entusiasmados también por el garbo de Nana, se embobaban y aplaudían.
—¡Así! ¡Muy bien! ¡Bravo!
Nana, mientras, al ver reír a la sala, también rió. La alegría fue en aumento. Y si bien se miraba, aquella hermosa joven tenía gracia. Riendo, se le marcaba un encantador hoyuelo en la barbilla. Ella esperaba sin embarazo, muy segura, ganándose a continuación y fácilmente al público, como si le dijese con un guiño picaresco que si bien no tenía talento, eso no importaba, porque tenía otra cosa. Y luego de dirigirse al director de orquesta con un significativo gesto que parecía decir: «Vamos allá, buen hombre» empezó a cantar el segundo cuplé: A medianoche Venus pasa.