Nana
Nana —Esto va mal, entusiasmado —le dijo Mignon a Steiner—. ¡La que se va a armar!
En aquel momento las nubes del fondo se apartaron y Venus apareció.
Nana, muy alta y muy desarrollada para sus dieciocho años, envuelta en su túnica blanca de diosa, con sus largos cabellos rubios sueltos sobre los hombros, descendió hasta las candilejas con el mayor aplomo y sonriendo al público. Empezó su famosa aria: Cuando Venus ronda de noche…
Al segundo verso, los espectadores se miraban entre sÃ. ¿Era aquello una broma, algún capricho de Bordenave? Nunca se habÃa oÃdo una voz tan desafinada, tan sin la menor escuela. Su director supo muy bien lo que decÃa: «Canta como una grulla». Y ni siquiera sabÃa estar en escena: echaba las manos hacia delante, en un balanceo de todo el cuerpo, que todos encontraron falso y sin gracia. Ya se oÃan algunos gruñidos de burla en el patio y entre los abonados, y se silbaba, cuando una voz de polluelo a punto de salir del cascarón lanzó con convicción desde las butacas de patio:
—¡Muy bien!