Nana
Nana Se trataba de una delegación de mortales que Ganimedes e Isis habían introducido; burgueses respetables, todos maridos engañados, que acudían a presentar una queja al rey de los dioses contra Venus, quien encendía en sus mujeres excesivos ardores. El coro, en un tono doliente e ingenuo, entrecortado por silencios llenos de confidencias, divirtió mucho. Una frase circuló por toda la sala: «El coro de los cornudos, el coro de los cornudos» y la frase pareció gustar, porque alguien gritó «bis». Las cabezas de las coristas eran graciosas, y ellas se divertían fijándose en un espectador gordo y con la cara redonda como la luna. Entre tanto, Vulcano llegaba furioso y preguntaba por su mujer, que se había escapado hacía tres días. El coro volvía a su queja, implorando a Vulcano, dios de los cornudos. Este personaje de Vulcano lo desempeñaba Fontan, un cómico de un talento cínico y original, que fingía una cólera exagerada, vestido de herrero de aldea, con una peluca rojiza y los brazos desnudos y tatuados con corazones atravesados por flechas. Una voz de mujer exclamó en voz muy alta: ¡Oh, qué feo es! y todos rieron y aplaudieron.
La escena que siguió parecía interminable. Júpiter no acababa de reunir el Consejo de los dioses para someterle la queja de los maridos engañados. ¡Y Nana sin aparecer! ¿Esperarían a Nana para bajar el telón? Una espera tan prolongada acabó por irritar al público, y los murmullos empezaron de nuevo.