Nana

Nana

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Uno de los placeres de Nana consistía en desvestirse ante el espejo de su armario, en el que se veía de pies a cabeza. Dejaba caer hasta la camisa; luego, totalmente desnuda, se olvidaba de lo demás y se contemplaba largamente. Era una pasión de su cuerpo, un arrobamiento por la tersura de su piel y la línea ondulante de su talle, y se quedaba alelada, y absorta en un amor a sí misma. Con frecuencia el peluquero la encontraba así, sin que ella volviese la cabeza. Entonces Muffat se enfadaba y ella se sorprendía. ¿Qué le importaba? Aquello no era para los demás, sino para ella.

Aquella noche, queriéndose contemplar mejor, encendió las seis velas de los apliques, pero cuando dejaba resbalar la camisa, se detuvo, preocupada desde hacía un momento con una pregunta que tenía en la punta de la lengua.

—¿No has leído el artículo del Fígaro? El periódico está sobre la mesa.

La risa de Daguenet le volvía a la memoria, y la asaltaba cierta duda. Si ese Fauchery la había criticado, se vengaría.

—Dicen que trata de mí el artículo —repuso ella afectando un aire indiferente—. ¿Qué opinas tú, querido?

Y soltando su camisa, esperando que Muffat acabase la lectura, permaneció desnuda.


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