Nana
Nana Muffat, en la habitación, se quitaba la levita. Ardía un buen fuego. Siempre la misma alcoba, con sus muebles de palisandro, sus colgaduras y sus sillas de damasco bordado con grandes flores azules sobre fondo gris. Por dos veces Nana había soñado renovarla, la primera en terciopelo negro y la segunda en raso blanco y con rosas enlazadas, pero desde que Steiner consentía, el dinero que eso costaría lo exigía para comer. Sólo tuvo el capricho de una piel de tigre delante de la chimenea, y de una lamparilla de cristal, colgada del techo.
—Ya no tengo sueño y no me acuesto —dijo Nana cuando se encerraron.
El conde la obedecía con una sumisión de hombre que ya no teme ser visto. Su único cuidado era no enojarla.
—Como quieras —murmuró.
No obstante, aún se quitó los botines antes de sentarse frente al fuego.