Nana

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Cuando al fin entró en el reservado, vio a Muffat sentado en un estrecho sofá, con aire resignado, pálido y las manos temblorosas. No le hizo ningún reproche. Ella, turbada, vacilaba entre la piedad y el desprecio. ¡Pobre hombre, a quien una infame mujer engañaba tan indignamente! Tenía deseos de echársele al cuello, para consolarle. Pero, por otro lado, era justo, porque él era idiota con las mujeres; eso le enseñaría. No obstante, la piedad pudo más. No le abandonó después de comerse las ostras, como se había prometido. Apenas permanecieron un cuarto de hora en el café Anglais, y regresaron al bulevar Haussmann. Eran las once; antes de medianoche habría encontrado un buen medio para despedirlo sin brusquedad.

Por prudencia, en la antesala, le ordenó a Zoé:

—Lo esconderás y le recomendarás que no haga ruido si el otro sigue conmigo.

—¿Pero dónde lo meto, señora?

—Escóndelo en la cocina. Es lo más seguro.



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