Nana
Nana —Me lo suponÃa —dijo al fin, golpeándose los muslos—. Lo adiviné nada más verla, la otra vez, en la carretera. SÃ, es posible que una mujer honrada engañe a su marido, ¡y con ese pelagatos de Fauchery! Lo que le enseñará…
—Bah —murmuró Daguenet malicioso—. No se trata de ningún experimento. Tal vez ella sepa tanto como él.
Entonces ella exclamó indignada:
—¡Qué asco de mundo! Eso es demasiado sucio.
—Perdón —gritó un camarero cargado de botellas, separándolos.
Daguenet la atrajo hacia sà y la retuvo un instante de la mano. HabÃa adoptado su voz metálica, una voz de notas armoniosas que tenÃa éxito con las mujeres.
—Adiós, querida… Sabes que te sigo amando.
Ella se desprendió, sonriendo, ahogadas sus palabras en una tempestad de gritos y bravos que hacÃan temblar la puerta del salón.
—Tonto, eso concluyó… Pero no importa. Sube uno de estos dÃas; charlaremos.
Luego, poniéndose más seria y en un tono de burguesa indignada, agregó:
—¿Conque es cornudo…? Eso, querido, es muy aburrido. A mà siempre me ha empalagado un cornudo.