Nana
Nana Y ella se sintió halagada de que se ocupase de su persona Le Fígaro. Sin las explicaciones de su peluquero, Francis, que le había llevado el periódico, ni siquiera habría comprendido que se trataba de ella. Daguenet la observaba con atención, sonriendo burlonamente. Pero puesto que ella estaba contenta, todo el mundo debía estarlo.
—Con permiso —pidió un camarero que los separó, llevando en las manos una bombona helada.
Nana había dado un paso hacia el saloncito donde la esperaba Muffat.
—Adiós, adiós —repuso Daguenet—. Anda con tu cornudo.
Ella se detuvo nuevamente.
—¿Por qué le llamas cornudo?
—Porque es cornudo, caray.
Nana volvió atrás, apoyándose otra vez en la pared, muy interesada.
—Ah… —dijo simplemente.
—¿Cómo? ¿No lo sabías? Su mujer se acuesta con Fauchery, querida… Eso debió de empezar en el campo. Hace un momento que me ha dejado Fauchery, cuando venía aquí, y sospecho que tiene una cita en su casa para esta noche. Creo que han inventado un viaje.
Nana permaneció muda, sofocada por la emoción.