Nana

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Y contó la anécdota. Nana se retrasaba a su gusto. Habían concluido por apoyarse, uno frente al otro, de espaldas en las paredes del pasillo. Los mecheros de gas ardían bajo el techo de escasa altura, y un vago olor a cocina dormía entre los pliegues de los cortinajes. A veces, para entenderse cuando el alboroto del salón aumentaba, debían acercar sus rostros.

Cada veinte segundos, un camarero cargado de platos encontraba el pasillo obstaculizado, y los separaba. Pero ellos, sin interrumpirse, se apartaban como paredes tranquilas y volvían a hablar igual que si estuvieran en su casa, en medio de aquel ruido de comensales y de los empujones del servicio.

—Mira —murmuró él señalando la puerta del reservado por el que había desaparecido Muffat.

Los dos miraron. La puerta tenía ligeros estremecimientos, como si el viento la sacudiese. Luego, con una lentitud extremada, se cerró sin el menor ruido. Rieron sin que se oyese su risa. Al conde no le haría mucha gracia aquello, allí dentro y solo.

—A propósito —preguntó ella— ¿has leído el artículo de Fauchery sobre mí?

—Sí, «La mosca de oro» —respondió Daguenet—. No te hablaba de él temiendo molestarte.

—Molestarme, ¿por qué? Es muy largo el artículo.


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