Nana

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El conde se metió en el acto en el reservado, cuya puerta quedó entreabierta, pero cuando su hombro desaparecía, Daguenet guiñó un ojo, añadiendo en tono burlón:

—Caramba, los coges en las Tullerías.

Nana sonrió, y se llevó un dedo a los labios para rogarle que callase. Le veía muy animado, y no dejaba de serle grato el encuentro, pues aún le guardaba un rincón de ternura a pesar de su ruindad de no reconocerla cuando acompañaba a señoras decentes.

—¿Qué es de ti? —preguntó ella en tono amistoso.

—Me vuelvo formal. De veras, pienso casarme.

Ella se encogió de hombros con gesto compasivo. Pero él, bromeando, siguió diciendo que no era vida aquello de ganar en la Bolsa lo justo para regalar unos ramos de flores a las mujeres. Sus trescientos mil francos le habían durado dieciocho meses, y quería ser práctico: se casaría con una buena dote y acabaría siendo perfecto, como su padre.

Nana sonreía, todavía incrédula. Indicó el saloncito con un movimiento de cabeza.

—¿Con quién estás ahí?

—Con una pandilla —dijo él, olvidando sus proyectos en una ráfaga de embriaguez—. Figúrate que Léa nos cuenta su viaje a Egipto. Tiene mucha gracia. Sobre todo la historia de cierto baño…


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