Nana

Nana

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Fuera del pasaje el pavimento estaba seco. Un viento fresco que penetraba en la galería barría el aire cálido de las vitrinas, espantando a los farolillos de colores, a los rastrillos de gas, al abanico gigante, y quemándolo todo como un fuego artificial. Un camarero apagaba los globos en la puerta de un restaurante, y en las tiendas vacías y flamantes, las señoras del mostrador parecían dormir inmóviles y con los ojos abiertos.

—¡Oh, qué bonito! —repuso Nana ante el último escaparate, retrocediendo unos pasos para enternecerse con una galguita de bizcocho, una pata levantada ante un nido oculto entre rosas.

Al fin abandonaron el pasaje y ella no quiso subir en coche. El tiempo era muy bueno, dijo, y como nada les urgía, sería agradable regresar caminando. Después, al llegar al café Anglais, se le ocurrió que quería comer ostras, con el pretexto de que no había comido nada desde la mañana a causa de la enfermedad de Louiset. Muffat no se atrevió a contrariarla, pero como todavía no se exhibía con ella en público, pidió un reservado, andando rápido a lo largo de los pasillos. Ella lo seguía como mujer que conocía la casa, y entraron en un reservado que el camarero ofrecía con la puerta abierta, y al mismo tiempo, de un salón vecino, del que salía un alboroto de risas y gritos, surgió bruscamente un hombre. Era Daguenet, quien exclamó:

—¡Si es Nana!


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