Nana
Nana Su apartamento del bulevar Haussmann ni siquiera estaba completamente amueblado; sólo el salón, tapizado en raso rojo, desentonaba por demasiados adornos y demasiado lleno. Ahora los acreedores la atormentaban más que en otros tiempos, cuando no tenía un céntimo, y eso la sorprendía mucho, pues ella se tenía por un modelo de economía.
Desde hacía un mes, aquel ladrón de Steiner apenas encontraba mil francos los días en que ella le amenazaba con echarle fuera si no se los llevaba. En cuanto a Muffat, era un idiota; ignoraba lo que se daba en aquellos casos y ella no podía tacharle de avaro. ¡Con qué placer habría mandado a paseo a toda esa gente si no se hubiese repetido continuamente sus máximas de buena conducta! Tenía que ser razonable; Zoé se lo decía todas las mañanas, y ella misma tenía presente, como un recuerdo religioso, la visión regia de Chamont, engrandecida y evocada sin cesar. Y por eso, a pesar de un temblor de cólera reprimida, se hacía la sumisa dando el brazo al conde, yendo de un escaparate a otro, en medio de los paseantes, cada vez más escasos.