Nana
Nana Pero ella insistió, preguntando la hora del tren, queriendo saber si irÃa a esperarla a la estación. Volvió a reducir el paso, como muy interesada por las tiendas.
—Mira —exclamó deteniéndose nuevamente ante una joyerÃa— ¡qué hermoso brazalete!
Nana adoraba el pasaje de los Panoramas. Aquélla era una pasión que conservaba desde sus más tiernos años: le gustaba el oropel de los artÃculos de ParÃs, las joyas falsas, el cinc dorado, el cartón imitando cuero. Cuando pasaba por allà no podÃa apartarse de los escaparates, como en la época en que arrastraba sus zuecos de mocosa, olvidándose de todo ante las golosinas de una pastelerÃa, oyendo tocar el organillo en una tienda vecina, y sobre todo dominada por el gusto chillón de las baratijas económicas, de los estuches de concha de nuez, de los capachos de los traperos, de las columnas de Vendôme y de los obeliscos con termómetros.
Pero aquella noche estaba demasiado preocupada, y miraba sin ver. La aburrÃa aquello de no saberse libre, y en su revuelta sorda, surgÃa la furiosa necesidad de hacer una tonterÃa. ¡Bonita ganga tener hombres de posición! Acababa de comerse al prÃncipe y a Steiner con sus caprichos de chiquilla, sin que supiese por dónde habÃa pasado el dinero.