Nana
Nana Nana, siempre dudosa, visiblemente presa de esa lucha interior de la persona que trata de reponerse y tomar una decisión, se detuvo al doblar la esquina de la galerÃa del Varietés, ante el escaparate de una tienda de abanicos.
—Mira —murmuró ella—, qué bonito ese varillaje de nácar con plumas.
Luego, en un tono de indiferencia preguntó:
—¿Me acompañas a casa?
—Sin duda —dijo él asombrado— ya que tu hijo está mejor.
Nana lamentó haber contado aquella historia. Tal vez Louiset sufrÃa una nueva crisis, y habló de regresar a Batignolles, pero como él se ofrecÃa para acompañarla, no insistió. Por un momento sintió la indignación callada de la mujer que se ve atrapada y debe mostrarse amable. No obstante, se resignó y decidió ganar tiempo, pues con tal de que se deshiciese del conde hacia medianoche todo se arreglarÃa según su deseo.
—Es verdad que estás soltero esta noche —murmuró ella—. Tu mujer no regresa hasta mañana por la mañana, ¿no es eso?
—Sà —respondió Muffat un poco molesto al oÃrla hablar familiarmente de la condesa.