Nana
Nana Las figurantas, que se reían, tuvieron miedo al reconocerla, y se quedaron plantadas en fila, con el gesto humilde y serio de sirvientas sorprendidas por la señora cuando cometen una maldad. El alto señor rubio se había apartado, tranquilizado y a la vez triste.
—Bien, deme usted el brazo —repuso Nana con impaciencia.
Se fueron despacio. El conde, que había preparado sus preguntas, no sabía qué decirle, y fue ella quien en seguida soltó su historia: había estado en casa de su tía hasta las ocho, y luego, viendo que Louiset se encontraba mucho mejor, tuvo la ocurrencia de ir un momento al teatro.
—¿Por algún asunto importante? —preguntó él.
—Sí, una nueva obra —respondió ella después de dudar—. Querían mi opinión.
Comprendió que ella mentía, pero la sensación tibia de su brazo, apoyado en el suyo, le dejaba sin fuerzas. Ya no sentía rencor ni cólera por su larga espera, y su único cuidado era conservarla, ahora que ya la tenía. Al día siguiente trataría de saber lo que ella había ido a hacer en su camerino.