Nana
Nana Siguió caminando. Ahora su paseo lo empujaba más lejos; atravesaba la galería grande, seguía la galería del Varietés hasta la Feydeau, desierta y fría, hundida en una oscuridad lúgubre, y regresaba, cruzando por delante del teatro, torcía en la esquina de la galería Saint-Marc y se arriesgaba hasta la galería Montmartre, donde una máquina de cortar azúcar le llamaba la atención en una tienda de ultramarinos. Sin embargo, a la tercera vuelta, el temor de que Nana se escapase a espaldas suyas, le hizo perder el respeto humano. Se plantó igual que el señor rubio delante del mismo teatro, cambiaron una mirada de humildad fraternal, encendida por un resto de desconfianza sobre una posible rivalidad.
Varios tramoyistas que salieron a fumar su pipa en el entreacto los empujaron sin que uno ni otro se quejasen. Tres mujerzuelas mayores, mal peinadas y con el vestido sucio, aparecieron en el umbral mordisqueando unas manzanas y escupiendo las pepitas; ellos inclinaron la cabeza y siguieron soportando el descaro de sus miradas y la crudeza de sus palabras, salpicados, manchados por aquellos tipejos que encontraban divertido echárseles encima y empujarlos.
Justamente entonces Nana bajaba los tres peldaños, y se quedó pálida al ver a Muffat.
—Ah, es usted… —balbuceó.