Nana
Nana A lo largo de aquel pozo eran como bocas de horno abiertas a las tinieblas. El conde en seguida vio los cristales del camerino iluminados en el primer piso, y, tranquilo, feliz, olvidó sus angustias mirando hacia arriba, desde el grasiento lodo y el hedor de aquella parte trasera de una vieja casa Parisiense. Grandes gotas caían desde una gotera abierta. Una franja de gas que salía de la ventana de la señora Bron amarilleaba un extremo del pavimento musgoso, la parte baja de una tapia comida por las aguas del vertedero, un rincón de basuras amontonadas en cubos viejos y barreños rotos y donde verdeaba en un tiesto un enclenque bonetero. Se oyó gruñir una falleba y el conde escapó. Seguramente Nana descendería. Se acercó otra vez al gabinete de lectura; en la sombra adormecida, manchada por una claridad de lamparilla, el viejecito no se había movido y su perfil continuaba hundido en su periódico.