Nana
Nana Dieron las diez. De golpe, Muffat pensó que le era muy fácil saber si Nana estaba en su camerino. Subió los tres peldaños, atravesó el pequeño vestíbulo estucado de amarillo, y luego salió al patio por una puerta que sólo se cerraba con pestillo. A aquella hora, el patio, angosto, húmedo como el fondo de un pozo, con sus retretes apestosos, su fuente, el hornillo de cocina y las plantas que la portera amontonaba, estaba anegado de un vapor negro; pero salía luz de las ventanas que había en las dos paredes; abajo, el almacén de accesorios y el retén de bomberos; a la izquierda, la administración, y a la derecha y arriba, los camerinos de artistas.