Nana
Nana Muffat tuvo la idea, por un instante, de preguntar a la señora Bron; luego temió que Nana, prevenida, se le escapase por el bulevar. Reemprendió su marcha, resuelto a esperar aunque le echasen fuera para cerrar las verjas, como ya le había ocurrido otras dos veces; la idea de tener que dormir solo le oprimía el corazón de angustia.
Cada vez que alguna muchacha sin sombrero y algún hombre con ropa sucia salían y le miraban, volvía a colocarse delante del gabinete de lectura, donde, entre dos carteles pegados a un cristal, veía el mismo espectáculo: un viejecito, tieso y perdido en la inmensa mesa, en medio de la mancha verde de la lámpara y leyendo un periódico verde sostenido con sus manos verdes.
Unos minutos antes de las diez, otro señor, un alto y apuesto tipo rubio, muy enguantado, también se paseó por delante del teatro. Entonces, ambos, a cada vuelta, se miraban de soslayo y con desconfianza. El conde llegaba hasta la esquina de las dos galerías adornada con un alto espejo, y allí, al verse reflejado, la cara seria, el porte correcto, sentía una vergüenza mezclada de miedo.