Nana

Nana

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La lluvia ya no caía más que como un polvillo fino, cuyo frescor, al mojarle las manos, le calmaba. Ahora pensó en su esposa, que estaba cerca de Macon, en un castillo en el cual su amiga, la señora de Chezelles, se encontraba muy enferma desde el otoño; los coches, sobre la calzada, rodaban en medio de un río de barro, y pensó que el campo estaría abominable con aquel tiempo.

Pero de pronto se apoderó de él la inquietud y volvió al calor sofocante del pasaje, caminando a grandes zancadas entre los paseantes; pensó que si Nana desconfiaba, podía escaparse por la galería de Montmartre.

Entonces el conde se puso al acecho en la misma puerta del teatro. No le gustaba esperar en aquel extremo del pasillo. Temía que le reconociesen. Era en la esquina de la galería del Varietés y de la galería Saint-Marc, un rincón oscuro con tiendas lóbregas: una zapatería sin clientela, almacenes de muebles polvorientos y un gabinete de lectura ahumado, somnoliento, cuyas lámparas encapuchadas dormitaban por la noche en una claridad verdosa, y allí no había más que señores elegantemente vestidos y pacientes, que rodaban entre lo que abunda en una entrada de artistas, borracheras de tramoyistas y guiñapos de figurantas. Frente al teatro sólo había un mechero de gas, en un globo deslustrado, iluminando la puerta.


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