Nana

Nana

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Tras un nuevo empujón de la muchedumbre, había atravesado el pasaje y se rompía la cabeza ante el vestíbulo de un restaurante, los ojos fijos en una alondra desplumada y en un gran salmón que había en el escaparate. Por fin pareció arrancarse de este espectáculo. Se sacudió, levantó los ojos y vio que eran cerca de las nueve. Nana estaría a punto de salir y le exigiría la verdad.

Caminó acordándose de las veladas pasadas en aquel pasaje, cuando acudía a recogerla a la puerta del teatro. Todos los establecimientos le resultaban familiares, reconocía los olores en aquel ambiente cargado de gas, sentía las emanaciones fuertes del cuero de Rusia, los perfumes de la vainilla subiendo del sótano de la chocolatería, los vahos de almizcle despedidos por las puertas abiertas de las perfumerías.

No obstante, no se atrevía a detenerse delante de los rostros pálidos de las señoras de los mostradores, que le miraban plácidamente, como persona conocida. Por un momento pareció estudiar la fila de ventanillas redondas que había encima de los almacenes, como si las viese por primera vez entre el hacinamiento de muestras. Luego volvió a subir hasta el bulevar, donde se detuvo un minuto.


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