Nana
Nana Ya no le tenía miedo a Georges, retenido en las Fondettes por su madre. Quedaba el gordo Steiner, a quien pensaba reemplazar, pero sobre el cual no se atrevía a provocar una explicación. Sabía que de nuevo estaba en extraordinarios apuros de dinero, casi a punto de ser denunciado en la Bolsa, agarrándose a los accionistas de las Salinas de las Landas, procurando hacer soltar su último dividendo. Cuando lo encontraba en casa de Nana, ésta le explicaba, con palabras razonables, que no quería echarlo a la calle como a un perro después de lo que había gastado por ella.
Luego, desde hacía tres meses el conde vivía en medio de tal aturdimiento sensual que, fuera de la necesidad de poseerla, no veía nada muy claro. Era el despertar tardío de su carne, una glotonería de chiquillo que no le dejaba lugar para la vanidad ni para los celos. Sin embargo, una sensación precisa llamaba su atención: Nana se volvía menos amable y ya no le besaba más en la barba. Esto le inquietaba, y se preguntaba qué tenía ella que reprocharle, como hombre que desconoce a las mujeres.
No obstante, creía que contentaba todos sus caprichos. Y siempre volvía a la carta de aquella mañana, a aquella complicada mentira, con el único fin de pasar la velada en su teatro.