Nana
Nana Los paseantes, codeándose a cada vuelta, se examinaban, con cara silenciosa y descolorida por el gas. Entonces, para escapar de aquellas curiosidades, el conde se situó delante de una papelería, y contempló con la mayor atención un muestrario de pisapapeles, de bolas de cristal en las cuales flotaban paisajes y flores.
No veía nada; sólo pensaba en Nana. ¿Por qué acababa de mentirle una vez más? Aquella mañana le había escrito para que no la molestase por la noche, pretextando que Louiset estaba enfermo y que ella pasaría la noche en casa de su tía, cuidándolo. Pero él, recelando, se había presentado en su casa y por el portero supo que precisamente la señora acababa de salir para su teatro. Esto le asombraba, porque ella no trabajaba en la nueva obra. ¿Por qué, pues, aquella mentira, y qué podía hacer ella en el Varietés aquella noche?
Empujado por un paseante, el conde, inconscientemente, abandonó los pisapapeles y se encontró delante de un escaparate de juguetería, mirando con su aire distraído una colección de carteras y petacas, que en un rincón tenían la misma golondrina azul.
Ciertamente, Nana había cambiado. En los primeros tiempos, después de regresar del campo, lo enloquecía cuando le besaba la cara, y la frente y las patillas, con sus arrumacos de gata, jurándole que era su perro querido y el único hombrecito que adoraba.