Nana
Nana Pero no respondió. Pareció que quería releer la crónica. Una sensación de frío recorría su espalda desde la nuca. Aquella crónica estaba escrita diabólicamente, con un cabrioleo de frases, una exageración de palabras imprevistas y de reproches barrocos. No obstante, quedó impresionado por una lectura que de golpe le acababa de despertar todo lo que no quería remover desde hacía unos meses.
Entonces levantó la mirada. Nana se había absorbido en su arrobamiento de sí misma. Inclinaba el cuello, mirando con atención en el espejo un pequeño lunar que tenía encima de la cadera derecha, y se lo tocaba con la punta de un dedo, haciéndolo resaltar más, sin duda porque lo encontraba gracioso y bonito en aquel sitio… Luego estudió otras partes de su cuerpo, divertida y dominada por sus curiosidades viciosas de chiquilla. Siempre la sorprendía el contemplarse; tenía el aspecto asombrado y seducido de una muchacha que descubre su pubertad… Lentamente abrió los brazos para destacar su busto de Venus mórbida, doblando la cintura para examinarse de frente y de espalda, deteniéndose en el perfil de sus senos y en las redondeces fugitivas de sus muslos. Y acabó por recrearse en el singular juego del balanceo, a derecha e izquierda, las rodillas separadas y el talle girado sobre sus riñones, con el estremecimiento continuo de una almea bailando la danza del vientre.