Nana
Nana Muffat la contemplaba. Ella le daba miedo. El periódico había caído en sus manos. En aquel minuto de visión clara, se despreciaba. Eso era: en tres meses ella había corrompido su vida, y ya se sentía viciado hasta la médula por suciedades que jamás habría sospechado. Todo iba a pudrirse en él en aquellos momentos. Y por un instante tuvo conciencia de su mal, vio la desorganización aportada por aquel fermento: él envenenado, su familia deshecha, y un rincón de la sociedad que crujía y se desvanecía. Y, no pudiendo apartar los ojos, la miró con fijeza y trató de saciarse con la visión de su desnudez.
Nana no se movía. Un brazo tras la nuca y una mano cogiendo la otra, echaba hacia atrás la cabeza, separando los codos. Muffat veía de soslayo sus ojos entornados, su boca entreabierta y su rostro ahogado en una risa amorosa, y por detrás, su mata de cabellos rubios destrenzada que le caía sobre la espalda como la melena de una leona. Doblada y el flanco tendido, mostraba sus riñones sólidos, sus senos duros de guerrera y los músculos fuertes bajo la blancura satinada de la piel. Una línea fina, apenas ondulada por el hombro y la cadera, la recorría desde uno de sus codos a los pies.
Muffat seguía con la vista aquel perfil tan tierno, aquellas fugas de carne rubia, ahogándose en sus luminosidades doradas, en aquellas redondeces donde la llama de las bujías ponía reflejos de seda.