Nana

Nana

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Pensaba en su antiguo horror a la mujer, al monstruo de la Escritura: lúbrica, oliendo a fiera.

Nana era velluda; una pelusa rubia le dejaba un cuerpo de terciopelo, mientras que en su torso y en sus muslos de hembra, en los relieves carnosos cruzados de pliegues profundos, que daban al sexo el velo turbador de su sombra, había la bestia. Era una bestia de oro, inconsciente como una fuerza y cuyo solo aroma envilecía al mundo. Muffat continuaba mirando, obsesionado, poseído, hasta el punto de que habiendo cerrado los párpados para no ver más, el animal reapareció en el fondo de las tinieblas, agrandado, terrible, exagerando su postura. Ahora permanecería allí, delante de sus ojos, en su carne, para siempre.

Nana se apelotonaba sobre sí misma. Un estremecimiento de ternura pareció recorrer todos sus miembros; con los ojos húmedos, se encogía, como para sentirse mejor. Luego, separando las manos, las deslizó a lo largo de sus flancos, hasta los senos, que oprimió en un ademán nervioso. Y arrogante, se fundía en una caricia de todo su cuerpo, frotándose las mejillas, a derecha e izquierda, contra sus hombros, con mimo gatuno. Su boca golosa soplaba sobre sí el deseo. Alargó los labios, se besó largamente junto a una axila, riendo a la otra Nana, que, como ella, también se besaba en el espejo.


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