Nana
Nana Entonces Muffat exhaló un suspiro fatigado y largo. Ese placer solitario le exasperaba. Bruscamente se sintió arrebatado como por un fuerte viento. Cogió a Nana entre sus brazos, en un arranque de brutalidad, y la arrojó sobre la alfombra.
—Déjame —gritó ella—; me haces daño.
Él tenía conciencia de su derrota; la sabía estúpida, soez y embustera, y la quería, aunque estuviese envenenada.
—¡Qué bruto! —exclamó furiosa cuando dejó que se levantase.
No obstante, se calmó. Ahora se iría. Después de ponerse una camisa de noche con encajes, se sentó en el suelo, delante del fuego. Era su sitio preferido. Al preguntarle de nuevo a Muffat sobre la crónica de Fauchery, él contestó con vaguedad, deseando evitar una escena. Además, ella declaró que a Fauchery se lo pasaba por cierta parte. Luego cayó en un largo silencio, pensando en el medio de despedir al conde. Quería encontrar una manera amable, porque en el fondo era una buena muchacha, y le molestaba disgustar a las personas, sobre todo cuando ese era cornudo, idea que concluyó por enternecerla.
—Entonces —dijo al fin—, ¿mañana esperas a tu esposa?