Nana
Nana Muffat se había estirado en un sillón, con aire adormilado y los miembros laxos. Dijo sí con un gesto. Nana le contemplaba, seria y cavilando. Sentada sobre una pierna, se cogía el otro pie con las manos y maquinalmente le daba la vuelta de un lado a otro.
—¿Hace tiempo que estás casado?
—Diecinueve años.
—Ya… ¿Y tu mujer es amable? ¿Os lleváis bien?
Él se calló. Luego, con tono distante, le dijo:
—Sabes que te he rogado que no hables nunca de esas cosas.
—¡Vaya! ¿Y por qué no? —replicó Nana molesta—. No me comeré a tu mujer hablando de ella, puedes estar seguro… Querido, todas las mujeres valemos lo mismo…
—Te ruego que no vuelvas a hablarme, en el sentido que lo has hecho otras veces, de las mujeres honradas —dijo el conde con cierta dureza—. ¡Tú no la conoces!
Al oír esto, Nana se irguió sobre sus rodillas:
—Que no las conozco… ¡Pero ni siquiera son limpias tus mujeres honradas! No lo son. Me haces reír con tus mujeres honradas. No me exasperes, ni me obligues a decirte cosas de que luego me arrepentiría.