Nana
Nana El conde, por única respuesta, masculló sordamente una injuria. A su vez, Nana se puso blanca, de puro pálida y le contempló algunos instantes sin hablar. Después, con su voz clara:
—¿Qué harÃas —le preguntó—, si tu mujer te engañase?
Muffat hizo un gesto amenazador.
—Bien, ¿y si te engañase yo?
—Oh, tú —murmuró él, encogiéndose de hombros.
Verdaderamente Nana no tenÃa mal fondo. Desde las primeras palabras, resistÃa al deseo de espetarle la verdad y llana. Hubiera preferido decÃrselo amistosa y tranquilamente. Pero, al fin, él la exasperaba, y era cosa de acabar.
—Entonces pequeño —repuso ella—, no sé qué diablos estás haciendo aquÃ… Desde hace dos horas me estás abrumando… Vete, vete a buscar a tu mujer, que está engañándote con Fauchery… SÃ, precisamente, calle Taitbout, esquina a la calle de Provence… ¡Ya ves que te doy las señas!
Después triunfante, viendo a Muffat ponerse en pie con la vacilación de un buey aturdido por un golpe de maza:
—¡Si las mujeres honradas se dedican a birlarnos nuestros queridos, buenas están vuestras mujeres honradas!