Nana

Nana

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Pero no pudo proseguir. Con un movimiento terrible, el conde la derribó en tierra, y levantando el pie, quería aplastarle la cabeza para hacerla callar. Por un momento, Nana tuvo un miedo atroz. Muffat, ciego como un loco, se había puesto a recorrer la habitación.

Entonces, el silencio que reinó, la lucha que le agitaba, la conmovieron hasta hacerle verter lágrimas. Experimentaba un remordimiento moral, y acurrucándose ante el fuego, intentó consolarle:

—Te juro, querido mío, que creí que lo sabías. A no ser así, ten la seguridad de que no se hubiera hablado de ello… Además, quizás no sea verdad. Yo nada afirmo. Me lo han dicho; la gente charla; pero eso ¿qué prueba? ¡Haces mal en encolerizarte! ¡Si yo fuese hombre, maldito el caso que haría de las mujeres! Las mujeres tanto las más encopetadas, como las más bajas, todas valen lo mismo, sí, todas son lo mismo.

Hablaba mal de las mujeres; por abnegación, queriendo hacer el golpe menos cruel. Pero él ni la escuchaba, ni la oía. Había vuelto a ponerse sus botines y su gabán. Todavía permaneció un momento recorriendo la estancia. Después, en un postrer arranque, tropezando al fin con la puerta, se marchó. Nana quedó confusa.


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