Nana
Nana —¡Ea, buen viaje! —prosiguió diciendo en voz alta ella sola—, ¡vaya una finura la de ese hombre cuando le hablan! He sido la primera en arrepentirme, y he procurado demostrárselo. Además, su presencia me exaltaba los nervios.
Sin embargo, estaba descontenta, rascándose las piernas con ambas manos. Pero en seguida se consoló. ¡Bah! ¡No tengo yo la culpa de que le engañen!
Y corrió a arrebujarse en la cama, llamando a Zoé para que hiciese entrar al otro, que estaba de espera en la cocina.
En la calle, Muffat caminó violentamente. Acababa de caer un nuevo chaparrón. Resbalaba sobre el grasiento empedrado. Alzando la cabeza con un movimiento maquinal, vio jirones de nubes color de hollÃn, que corrÃan ante la luna.