Nana
Nana A aquella hora, en el bulevar Haussmann, los transeúntes eran muy escasos. Bordeó las empalizadas de la ópera buscando la oscuridad y tartamudeando frases sin hilación. Aquella mujer mentía; había inventado aquello por estupidez y crueldad. Él debió haberle aplastado la cabeza cuando la tenía bajo sus pies. Al fin y al cabo, era ya demasiada vergüenza; no la volvería a ver ni a tocar, o sería preciso que fuese muy cobarde. Y respiraba profundamente, como el que se ve libre de un ominoso yugo ¡Ah, aquel monstruo desnudo, estúpido, destilando baba sobre todo lo que él respetaba desde hacía cuarenta años!
La luna se había despejado, y una sábana blanca bañó la desierta calle. Tuvo miedo y rompió en sollozos, repentinamente, desesperado, enloquecido, como si hubiese caído en una sima inmensa.
—¡Dios mío! —balbuceó—. ¡Se acabó todo; ya nada existe!
A lo largo de los bulevares, los rezagados apresuraban el paso. Trató de calmarse. La historia de aquella ramera volvía a su cerebro hecha una brasa. Hubiera querido razonar.