Nana

Nana

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Por la mañana la condesa debía regresar del castillo de la señora de Chezelles. Nada, en efecto, le impedía regresar a París la tarde del día anterior y pasar la noche en casa de aquel hombre. Ahora se acordaba de ciertos detalles de su estancia en las Fondettes. Una tarde había sorprendido a Sabine bajo los árboles, tan conmovida, que ni siquiera acertaba a contestarle. El hombre está allí.

¿Por qué no iba a estar ella ahora en su casa? A medida que lo recordaba, la historia le parecía más verosímil. Acabó por encontrarla natural y necesaria. Mientras él se quedaba en mangas de camisa en casa de una ramera, su mujer se desvestía en la habitación de un amante; nada más simple ni más lógico.

Razonando así, se esforzó en permanecer tranquilo. Era una sensación de caída en la locura de la carne que se alargaba, ganando y llevándose a todo el mundo que le rodeaba. Las imágenes tibias le perseguían. Pensando en Nana desnuda, evocó bruscamente a Sabine desnuda. Ante esta visión que las aproximaba en un aparente impudor, bajo un mismo soplo de deseo, se tambaleó. En la calzada estuvo a punto de aplastarle un coche. Unas mujeres que salían de un café le dieron unos codazos, riéndose.


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