Nana
Nana Entonces, vencido de nuevo por las lágrimas, a pesar de su esfuerzo por no querer llorar ante la gente, se metió en una calle oscura y vacía, la calle Rossini, y a lo largo de las casas silenciosas, lloró como un niño.
—Se acabó —decía con voz sorda—. Ya no hay nada. ¡Nada más!
Lloraba tan violentamente que se apoyó en una puerta, escondiendo el rostro entre sus manos mojadas. Un ruido de pasos le hizo huir. Sentía una vergüenza y un miedo que le obligaban a huir de la gente, con el inquieto caminar de un merodeador nocturno. Cuando los paseantes se le cruzaban en la acera, trataba de adoptar una postura desenvuelta, imaginando que leían su historia en el balanceo de sus hombros.
Había seguido la calle de la Grange-Batelière hasta la calle del arrabal de Montmartre. El brillo de las luces le sorprendió y retrocedió sobre sus pasos. Durante casi una hora recorrió así todo el barrio, escogiendo los lugares más sombríos. Sin duda tenía un fin al que sus pies le llevaban por sí mismos, pacientemente, y a través de un camino complicado continuamente por sus vueltas. Por fin, en la esquina de una calle, levantó la mirada. Había llegado. Era la esquina de la calle Taitbout y la calle de Provence. Había tardado una hora para llegar allí, cuando en cinco minutos habría llegado.