Nana
Nana Se acordó de que una mañana del mes anterior había subido a casa de Fauchery para darle las gracias por una crónica acerca del baile de las Tullerías, en la que le nombraba el periodista. El apartamento estaba en el entresuelo, con ventanitas cuadradas, medio ocultas por la gran pancarta de una tienda. Hacia la izquierda, la última ventana aparecía cortada por una banda de viva claridad, un rayo de luz que pasaba entre las cortinas entreabiertas. Y se quedó con los ojos fijos en aquella raya luminosa, absorto, esperando cualquier cosa.
La luna había desaparecido en un cielo color de tinta, del que caía una niebla helada. Sonaron las dos en la Trinidad. La calle de Provence y la de Taitbout se desvanecieron con las manchas vivas de los mecheros de gas, que se ahogaban a lo lejos en medio de un vaho amarillento. Muffat no se movía. Allí estaba la alcoba; se acordaba. Forrada de andrinópolis rojo, con una cama Luis XIII al fondo. La lámpara debía de estar a la derecha, sobre la chimenea.
Sin duda estaban acostados, porque no pasaba ni una sombra ante la luz, que brillaba, inmóvil, como el reflejo de una lamparilla.
Y él, siempre con los ojos fijos, seguía mentalmente su plan: llamaba, subía a pesar de las protestas del portero, echaba abajo la puerta con los hombros, caía sobre ellos, en la cama, y sin darles tiempo a deshacer su abrazo.