Nana

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Durante un momento, la idea de que no estaba armado le detuvo, y entonces decidió que los estrangularía. Volvía a su plan y lo perfeccionaba, esperando siempre algún indicio, algo que le diese la certeza. Si una sombra de mujer hubiese aparecido en aquel instante, habría llamado.

Pero la idea de que pudiera engañarse le helaba. ¿Qué diría? Las dudas le asaltaban; su mujer podía no estar en casa de aquel hombre; era monstruoso e imposible.

No obstante, permanecía allí, invadido poco a poco por un abandono, hundiéndose en una lasitud que la larga espera alucinaba con la fijeza de la mirada.

Cayó un chaparrón. Dos vigilantes nocturnos se aproximaron y tuvo que abandonar el rincón de la puerta en que se había refugiado. Cuando se perdieron por la calle de Provence, regresó, mojado y estremecido. La raya luminosa continuaba brillando en la ventana. Esta vez estuvo a punto de irse cuando pasó una sombra. Fue tan rápida que creyó haberse equivocado.

Pero de pronto, y sucesivamente, se cruzaron otras sombras; una gran agitación se percibía en el gabinete. Y él, clavado nuevamente en la acera, sentía una intolerable sensación de quemadura en el estómago… y ahora esperaba para comprender.


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