Nana

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Los perfiles de brazos y piernas huían; una mano enorme pasaba con la silueta de un jarro. No distinguía nada claramente, y no obstante, le parecía reconocer un peinado de mujer. Y discutió consigo; habría dicho que era el peinado de Sabine, sólo que la nuca parecía más ancha. En aquellos momentos, no sabía más, no podía más. Su estómago le hacía sufrir de tal manera en una angustia de incertidumbre espantosa que se apretaba contra la puerta para reprimir el temblor que le atormentaba.

Luego, como a pesar suyo no apartaba los ojos de aquella ventana, su cólera se fundió en una imaginación de moralista: se veía diputado, tomaba la palabra en una Asamblea y arremetía contra la delegación, anunciando catástrofes, y rehacía el artículo de Fauchery sobre la mosca envenenada, y salía a escena afirmando que no había sociedad posible con aquellas costumbres de Bajo Imperio. Esto le alivió, pero las sombras habían desaparecido. Sin duda se habían vuelto a acostar. Pero él aún esperaba, mirando siempre.

Dieron las tres, luego las cuatro. No podía irse. Cuando caían chaparrones se metía en el umbral de la puerta, mojados los pies. Ya no pasaba nadie por allí. De vez en cuando los ojos se le cerraban, como abrasados por la raya de luz, de la cual pendía tozudamente, con una obstinación imbécil.


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