Nana

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Otras dos veces las sombras se volvieron a cruzar, repitiendo los mismos gestos, pasando el perfil de un jarro enorme, y dos veces más la calma se restableció, arrojando la lámpara su discreta luz de complicidad.

Aquellas sombras aumentaban sus dudas. Por otro lado, una idea repentina le apaciguó, retrasando el momento de actuar: no tenía más que esperar que saliera su esposa. Reconocería a Sabine. Nada más simple; sin escándalo, y una seguridad absoluta. Bastaba con esperar allí.

De todos los sentimientos confusos que le habían agitado, ahora sólo percibía una sorda necesidad de saber. Pero el aburrimiento le adormecía en aquella puerta.

Para distraerse, trató de calcular el tiempo que habría de esperar. Sabine tenía que estar en la estación a las nueve.

Esto le daba cerca de cuatro horas y media. Seguro de su paciencia, no se movería por nada, y hallaba un encanto en soñar que su espera en la noche sería eterna.



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