Nana
Nana De pronto la raya luminosa se apagó. Este hecho tan simple significó una catástrofe inesperada para él, algo desagradable y turbador. Evidentemente acababan de apagar la lámpara y se disponían a dormir. A aquella hora, era lo más razonable. Pero a él le irritó, porque ahora aquella ventana oscura ya no le interesaba. La observó durante un cuarto de hora, y luego el cansancio le hizo abandonar la puerta y estuvo paseándose hasta las cinco, yendo y viniendo mientras levantaba la vista de cuando en cuando.
La ventana continuaba muerta, y a veces se preguntaba si no habría soñado que danzaban sombras tras aquellos cristales.
Una enorme fatiga le atormentaba, un atontamiento que le hacía olvidar qué era lo que esperaba en la esquina de la calle, tropezando contra un bordillo, despertándose sobresaltado, con el glacial estremecimiento de un hombre que no sabe ya dónde está. No había nada que mereciese tanta molestia. Y ya que aquellas personas dormían, había que dejarles dormir. ¿Por qué meterse en sus asuntos?
La noche estaba muy oscura y nadie sabría jamás aquellas cosas. Y, entonces, todo se desvaneció en él, incluso su oscuridad, ante el deseo de acabar pronto y encontrar en algún sitio algún alivio.