Nana

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El final del acto fue más frío. Vulcano quería abofetear a Venus. Los dioses celebraban consejo y decidían ir a realizar una encuesta en la tierra antes de dar satisfacción a los maridos engañados. Entonces Diana, al sorprender las palabras cariñosas entre Venus y Marte, juraba no quitarles la vista de encima durante el viaje. También había una escena en la que el Amor, interpretado por una niña de doce años, respondía a todas las preguntas: «Sí, mamá… No, mamá» con acento llorón mientras se hurgaba la nariz. Después, Júpiter, con la severidad de un maestro irritado, encerraba al Amor en el cuarto oscuro, ordenándole que conjugase veinte veces el verbo amar.

Antes del final se aprobó un coro de la compañía y la orquesta, ejecutado con brillantez. Pero, una vez caído el telón, la claque intentó inútilmente obtener un bis; el público, en pie, ya se dirigía hacia las puertas.

Unos se pisaban y otros se empujaban entre las filas de butacas mientras cambiaban sus impresiones. Una misma frase se oía aquí y allá: ¡Qué idiotez!




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