Nana
Nana Un crÃtico aseguraba que habÃa que hacer muchos cortes. Por lo demás, la obra no tenÃa importancia, y de lo único que se hablaba era de Nana. Fauchery y Héctor de la Faloise, que salieron de los primeros, se encontraron con Steiner y Mignon en el pasillo de butacas. Se ahogaban en aquel agujero, estrecho y aplastado como la galerÃa de una mina, iluminado por los mecheros de gas. Permanecieron un instante al pie de la escalera de la derecha, protegidos por el recodo de la barandilla. Los espectadores de los abonos avanzaban pisando fuerte, la marea de fraques y levitones negros pasaba mientras una acomodadora hacÃa lo imposible por proteger, contra los empujones, una silla sobre la cual habÃa amontonado prendas de vestir.
—Yo la conozco —repuso Steiner al ver a Fauchery—. Estoy seguro de haberla visto en algún sitio. Me parece que en el casino, donde hubo que recogerla del suelo de borracha que estaba.
—Yo no estoy tan seguro —dijo el periodista— pero también me parece haberla visto.
Y bajando la voz, añadió sonriente:
—Tal vez en casa de la Tricon.
—Pardiez, un lugar bien infecto —observó Mignon, que parecÃa indignado—. Es vergonzoso que el público acoja asà a la primera mujerzuela que se presenta. Dentro de poco no habrá mujeres honradas en el teatro… SÃ, acabaré por prohibir a Rose que actúe.