Nana
Nana Fauchery no pudo disimular una sonrisa. Entre tanto, no cesaba el ruido de los zapatos bajando los escalones; un hombrecillo de gorra decía con voz cascada.
—Vaya, vaya… Está bien hecha; hay dónde morder.
Dos jovencitos, rizados con trencillas, muy correctos con sus cuellos almidonados, discutían en el pasillo. Uno de ellos repetía la palabra «¡Infecto, infecto!», sin decir por qué, y el otro respondía: «¡Asombrosa, asombrosa!» pero tampoco razonaba su asombro.
Héctor de la Faloise la encontraba muy bien; sólo se aventuró a decir que estaría mejor si educase su voz. Entonces, Steiner, que no escuchaba, pareció despertar sobresaltado. Pero había que esperar. Tal vez todo se hundiría en los actos siguientes. El público se había mostrado complaciente, pero no se le veía entusiasmado. Mignon aseguraba que la obra no concluiría, y como Fauchery y Héctor los dejasen para subir al saloncillo, cogió del brazo a Steiner y le dijo al oído:
—Querido, verás el traje de mi mujer en el segundo acto… Es hasta allá.