Nana
Nana Arriba, en el saloncillo, tres arañas de cristal vertían chorros de luz. Los dos primos dudaron un momento; la puerta vidriera, cerrada, dejaba ver, de un extremo a otro de la galería, un oleaje de cabezas que dos corrientes arrastraban en continuo remolino. No obstante, entraron. Cinco o seis grupos de hombres hablaban muy fuerte y gesticulaban inmóviles en medio de los empujones; los demás caminaban en fila, girando sobre sus talones cuando llegaban al extremo del piso encerado. A derecha e izquierda, entre columnas de mármol jaspeado, las mujeres estaban sentadas en banquetas de terciopelo rojo, contemplando el paso de la marea con gesto lacio, como agotadas por el calor, y, detrás de ellas, en los altos espejos, se veían sus moños. Al fondo, en la cantina del teatro, un hombre ventrudo bebía un refresco.
Pero Fauchery, para respirar mejor, se fue al balcón. Héctor, que examinaba las fotografías de las actrices en los cuadros interpolados con los espejos, entre las columnas, acabó por imitarle. Acababan de apagar la batería de gas de la marquesina del teatro. Estaba oscuro y hacía fresco en el balcón, que les pareció vacío. Sólo había un joven, envuelto en la sombra y acodado en la balaustrada de piedra, en la esquina derecha, que fumaba un cigarrillo.
Fauchery reconoció a Daguenet y se estrecharon la mano.